Viajando se aprende la gente

Últimamente nos hemos acostumbrado mucho a oír eso de “la zona de confort” y las continuas recomendaciones que nos hacen para salir de ella y explorar esa otra zona oscura y misteriosa donde, dicen, sucede la magia. Al fin y al cabo esto no es nada nuevo, se trata de una traducción de aquello otro que ya sabemos de siempre: experimenta, haz cosas nuevas, cambia de costumbres, conoce gente, viaja… Y aquí quería yo llegar.

Si lo que quieres realmente es abandonar la zona de lo cómodo y lo conocido, de lo que no te supone un pequeño esfuerzo, de lo que no te lleva a practicar nuevas habilidades, entonces no sirve de mucho que vayas a otros lugares a hacer lo mismo que haces allá donde vives y sólo cambies las vistas. Es cierto que no todos tenemos la misma motivación para viajar: no es lo mismo que quieras huir de tu ciudad para relajarte y vivir unos días de paz y tranquilidad sin sobresaltos que buscar en otros lugares experiencias y sensaciones diferentes que inauguren, por así decirlo, nuevas perspectivas.

Y es por lo que respecta a este segundo tipo de motivación que creo que “viajando se aprende la gente”. Y me refiero a un aprendizaje en doble sentido: aprenderte a ti en aquellas situaciones que por falta de costumbre no controlas y aprender a los demás. Así que vamos por partes.

¿Cómo es eso de aprenderte viajando? ¿Acaso no te conoces ya de sobra? Sabes lo que te gusta, sabes lo que te molesta, sabes lo que se te da bien, sabes dónde tienes tus límites, sabes siempre a dónde vas y cuál es el siguiente paso. ¿Pero seguro que sabes todo esto? Piénsalo un momento. Es posible que, aunque creas tenerlo todo muy claro acerca de ti mism@, no sepas con seguridad si todo seguiría igual fuera de ese pequeño lugar del mundo cómodo y seguro, donde siempre suena el despertador a la misma hora y lo que te espera al salir de casa no guarda secretos. Sin embargo, cuando te enfrentas a situaciones que no estás acostumbrado a resolver en tu día a día, hay algo que se pone en movimiento; algo que normalmente suele estar inactivo y que merece la pena explorar y reconocer.

¿Qué ocurre cuando no todo está planeado? ¿Cuándo las cosas no están absolutamente bajo control? ¿Eres capaz de dejarte llevar o no descansas hasta haberlo dejado todo atado y bien atado?

La que os hace estas preguntas las formula desde una pequeña playa de Corinto. Siempre he sido un terrible y absoluto desastre por lo que respecta a la organización y a la orientación, así que cuando se trata de hacer un viaje suelo volverme una persona absolutamente pasiva y dependiente. Conozco perfectamente el límite que eso supone y hasta hoy no me había atrevido a empujarlo, resignada a aceptarlo y a ocupar la plaza del copiloto. Sin embargo, consciente de que me esperaba una buena recompensa por derribar ese muro, esta vez he tenido que apañármelas. ¿Y sabéis qué? Que resulta que ni pasiva ni dependiente: que enfrentada a una situación incómoda, que me provocaba nervios, inseguridad y un cierto miedo, he sabido llegar a mi destino cargada, además, con un imponente bulto que me he he dedicado a arrastrar por dos aeropuertos internacionales y varias estaciones de tren, metro y autobús. Y aunque en la mayor parte de estos desplazamientos estuviera sola, ha sido raro el lugar donde no he encontrado a alguien que se haya detenido a ayudarme en cualquier idioma.

Y a través de este ejemplo es donde llego a la segunda consecuencia: aprender a los demás. Aprender a abrirnos a las otras personas y a confiar. A creer que hay otr@s con nuestro mismo espíritu en cualquier parte del mundo y que merece la pena muchas veces pararse a charlar con un/a desconocido/a que, aunque quizá no volvamos a ver más (nunca se sabe porque esto de las telecomunicaciones y las nuevas tecnologías ya sabéis cómo es) habrá cambiado seguramente un mecanismo cerrado de “¡no hables con desconocid@s! ¡no molestes a la gente!”, llevándonos hacia un agradable y mucho más enriquecedor “hay gente maravillosa por el mundo”. Que ni total desconfianza ni ingenuidad respecto a la universalidad de las buenas intenciones pero, activar y refinar ese filtro es otra de las habilidades que desarrollamos con mayor precisión en una situación en la que, forzosamente, es muy probable que necesitemos aceptar la ayuda desinteresada que un sospechoso transeúnte nos ofrece.

En mi periplo hasta llegar a Atenas fueron muchos los que me ayudaron con esa caja gigante que contenía mi bicicleta. Algunos amigos, otros conocidos, pero la mayoría fueron extraños que, igual que habría hecho yo, decidieron echar un cable a la chica con cara de agobio que empujaba el monstruo por la estación sin saber muy bien a dónde debía dirigirse.

Así empecé a aprenderme a mí. Y así empecé a aprenderles también a ell@s.

Eso sí, viajar es la forma más segura y radical de hacerlo: sobre todo la que más te obliga, si decides cambiar de hábitos y dejar que cada lugar vaya dejando algo nuevo en ti. Y no me refiero a las toallas del hotel… Pero no creas que es la única: también puedes dar un pequeño giro a tus costumbres diarias: elegir otros caminos para llegar al mismo sitio, saludar por fin a esa persona que te cruzas todos los días, ayudar al “guiri” perdido con un mapa en la mano que mira hacia todos los lados en mitad de la calle o dejar de ir todos los domingos al mismo restaurante y probar a hacer algo diferente, ahora que los días son largos y las noches agradables para estar bajo la luna.

En cualquier caso, no dejes de ayudar siempre a la chica con la caja enorme cuando te la cruces en la estación o el aeropuerto, porque te estará infinitamente agradecida.

 

(Disculpad que no acompañe el post de maravillosas e inspiradoras fotografías, pero la conexión no me lo permite…)

Anuncios

3 comentarios

Archivado bajo Sin categoría

3 Respuestas a “Viajando se aprende la gente

  1. Hay mucha solidaridad con la gente que está en apuros. Recuerdo a un yuppy que nos ayudó a un amigo y a mí porque no había manera de comprar un billete de metro en París de madrugada y no ibamos a estar saltando el torno con mochilas de 15 kg 🙂

    Me gusta

    • No hace falta decirlo, pero tampoco está de sobra, que tú eres una de esas personas. ¡Si no llegas a llevarnos a mí y al monstruo al aeropuerto igual me quedo en tierra! Ha sido un maravilloso placer conocerte en semejantes circunstancias y compartir contigo comida y dificultades. ¡Un abrazo gigante!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s